“No puede ser que a una hora del juicio, coja y la mate. Hoy ha sido mi madre, otro día puede ser otra mujer”
Un día marcado en negro en la historia de la Fuensanta. Una multitud de jóvenes, vecinos y colectivos feministas se han concentrado ya bien entrada la tarde de este lunes en la plaza de la Juventud para pedir justicia por Tulia, la mujer de 64 años que ha sido asesinada presuntamente por su expareja. Esta concentración ha sido a escasos metros del lugar de los hechos, en el Pasaje Virgen de la Luna. Un suceso que la Plataforma Cordobesa contra la Violencia a las Mujeres ha catalogado como un nuevo caso de “terrorismo machista”. Dicho acto ha contado con la presencia de los familiares más cercanos, incluidos los hijos de Tulia, Lili y Alejandro.
Tulia era una mujer que llegó a España hace 30 años y se doctoró en Derecho Internacional. Vivía un calvario de “libro”, según ha relatado su hermana ante todo el gentío. Además, la víctima acababa de superar un cáncer y estaba tratando de recuperar su independencia a través de un grupo de senderismo, algo que no gustó a su expareja. “Él la maltrataba y después quería que ella lo perdonara, explicó, detallando que, a pesar de las denuncias, el hombre, del mismo barrio de la Fuensanta, fue puesto en libertad poco antes del asesinato.
La emoción del relato de los hijos
Los primeros momentos de tensión se han vivido con el testimonio de su hija Lili. Justo cuando estaba empezando a hablar entre sollozos y lágrimas, la Policía Nacional decidió trasladar al presunto autor de los hechos, que se encontraba en la escena del crimen, lo que provocó que su reacción fuera de rabia. “¡Ha salido a la calle una hora después de haber sido arrestado! No se puede permitir que a una hora de un juicio, coja y la mate”, sentenció Lili. Por su parte, los vecinos increparon con insultos y gritos el traslado de la expareja de Tulia de vuelta a comisaría.
Minutos más tarde, y después de liberar cierta tensión, Alejandro cogió el testigo de su hermana. Con más calma dentro de la dureza de los hechos, este joven tomó la palabra para hacer un llamamiento. “Hoy ha sido mi madre. Otro día puede ser otra mujer de todas las que están aquí. La justicia no hace nada para frenar esto, no ayuda a las mujeres maltratadas. Así que, por favor, vamos a apoyar más a las mujeres y que el asesinato de mi madre sirva para cambiar algo”.
Una denuncia que “la desprotegió”
Por su parte, la hermana de Tulia ha querido engrandecer su figura, pero también cargó contra el sistema judicial. “¿Cómo es posible que hacen una denuncia y lo dejan libre? ¡La desprotegieron! Él no tenía nada que perder, lo tenía todo perdido. Le faltaba matarla y lo ha conseguido. ¡Te amo, hermana! ¡Te voy a echar de menos! ¡Te amo, Tulia!”.
Asimismo, desde la organización feminista se ha denunciado que Córdoba ha vuelto a vestirse de negro por haber llegado “una vez más tarde”. A pesar de que el caso estaba calificado como de “riesgo medio”, Tulia ha sido asesinada. “Ya son 17 las mujeres y dos criaturas asesinadas en lo que va de año. El machismo mata y la igualdad nos hace grandes”.
Para terminar con la comparecencia, dos vecinas y una amiga de la víctima han tomado la palabra para exigir que todo aquel que vea un acto machista al otro lado de su pared que responda. “Todos somos responsables. Desde nosotros hasta los políticos, pasando por los medios de comunicación y los jueces. Hay que hacer algo para que el asesinato de Tulia sea el último”, concluyeron.
Alumnos que dan miedo

Periodista y escritora
Hace un par de días, una profesora me envió un testimonio que pone los pelos de punta. Todos los testimonios que recibo son sobrecogedores, ninguna violencia es menor, pero en este caso se refiere a una tendencia social especialmente espinosa: la violencia de los alumnos contra las mujeres docentes.
Creo importante reproducir su mensaje completo. Este es:
“Soy docente desde hace 25 años y desde hace unos 3 años, pero con más violencia desde este último periodo, yo misma y mis compañeras mujeres sufrimos insultos, gestos obscenos y maltrato continuado por parte de nuestro alumnado varón. Recalco varón, porque siempre ha habido conflictos en las aulas, pero ahora, de un modo sutil, más directo y agresivo, nos llaman putas, histéricas, paranoicas si les llamamos la atención y les llevamos a jefatura. Claro que hay sanciones, claro que se avisa a las familias, pero se está dando la situación, extremadamente grave, de que hay compañeras (y compañeros del colectivo LGTBIQ+) que empezamos a sufrir de manera frecuente crisis de ansiedad, episodios de depresión y un desgaste que va más allá de lo que nuestra labor docente implica. Algunas de nosotras tenemos que ir juntas a las guardias de patio para apoyarnos y ser testigos de los insultos gratuitos y las faltas de respeto graves, ir juntas para no dejarnos en plena vulnerabilidad”.
“Empezamos a sentir más miedo que enfado, a sentirnos muy desprotegidas, pues las familias en la mayoría de los casos minimizan la situación o sencillamente nos culpan a nosotras de haber sido bordes o de exagerar la situación”.
“Somos muchas, cada vez más, las que empezamos a creer que la docencia en secundaria se ha convertido en un campo de batalla, en el que como siempre las mujeres salimos peor paradas”.
¿Por qué digo que pone los pelos de punta? Porque entre los comentarios otras docentes confirman la tendencia que señala esta profesora. Porque yo misma he visto cómo ha ido creciendo el rechazo de una parte del alumnado, chicos, a las charlas sobre igualdad en institutos. Porque sí es cierto que este año estamos viviendo un pico de misoginia que en ocasiones resulta tan difícil de gestionar que los propios centros cancelan ciertas actividades, todas ellas relacionadas con campañas que promueven la igualdad. Porque sucede en centros públicos. Podría seguir, pero es suficiente.
Lo que subyace ahí no es sólo la actitud de los chavales, sino un entorno social y familiar que les permite dar la vuelta al lugar de la autoridad. “Empezamos a sentir más miedo que enfado”, escribe la docente, y esa frase lo contiene todo.
Durante años nos dijeron que el problema en las aulas era la “indisciplina”. Que era cuestión de vocación, de herramientas pedagógicas, de saber “gestionar”. Que si una clase se te iba de las manos, algo estabas haciendo mal tú. Pero no. Lo que está pasando ahora es otra cosa. Lo que está pasando es que hay profesoras —mujeres— que están siendo insultadas, sexualizadas, humilladas de forma sistemática por alumnos varones. “Puta”. “Histérica”. “Paranoica”. Dicho con la tranquilidad de quien sabe que no pasa nada. Dicho con la seguridad de quien no teme consecuencias reales.
Eso no es un problema de disciplina. Eso es un problema de poder.
Durante décadas, la escuela fue uno de los pocos espacios donde la autoridad de una mujer era incuestionable. La profesora mandaba. Evaluaba. Ponía límites. Nombraba el mundo. Eso se está rompiendo. Y no se está rompiendo por casualidad.
Se está rompiendo porque fuera del aula hay un ruido constante que les dice a esos chicos que las mujeres no merecen respeto, que el feminismo es una exageración, que poner límites es ser “una loca” o “una histérica”. Se está rompiendo porque hay discursos —cada vez más visibles, más normalizados— que convierten el desprecio en identidad. Y los chavales lo están aprendiendo.
Aprenden que desafiar a la profesora no es solo desobedecer: es ganar estatus. Aprenden que humillarla delante del grupo tiene premio. Que reírse de ella, sexualizarla, desautorizarla, les coloca por encima. Aprenden, en definitiva, que pueden ocupar su lugar. Porque de eso se trata. De ocupar el lugar. Cambiar el eje. Se trata de apropiarse de la autoridad y ejercerla desde la construcción macho. O sea, con violencia.
El aula ya no es un espacio donde la autoridad está clara. Ahora es un territorio en disputa. Y en esa disputa algunos chicos han decidido que la autoridad no va a ser de la profesora, sino suya. Del grupo. Del más fuerte. Del que más grita. Del que más se atreve. Lo más grave es que muchas veces tienen razón. Porque cuando la profesora sanciona, la familia dice que exagera. Que algo habrá hecho. Que no será para tanto. Y entonces todo encaja: el alumno aprende que puede hacerlo, que le van a proteger, que la autoridad de esa mujer vale menos que su palabra.
Así, poco a poco, la profesora se queda sola. Sola en el aula. Sola en el pasillo. Sola en el patio. Hasta que un día deja de sentir enfado y empieza a sentir miedo. Y cuando una profesora tiene miedo, ya hemos perdido.
Hemos perdido mucho, muchísimo, porque el miedo cambia cómo enseñas. Cambia lo que permites. Cambia hasta dónde llegas. El miedo encoge el aula, la empobrece, la vuelve un lugar donde sobrevivir en vez de enseñar. Entonces ellos ganan. No porque sean más, ni porque sean más fuertes, sino porque han entendido algo que nosotras no queríamos ver: que la autoridad no desaparece, se desplaza.
Ahora mismo, en demasiadas aulas, se está desplazando hacia ellos. Esto no va de nostalgia ni de volver a modelos autoritarios. Va de algo mucho más básico: de poder trabajar sin miedo. De que una mujer pueda ejercer una determinada autoridad sin ser insultada por ser mujer. De que un aula no sea un campo de batalla donde hay que ir acompañada para sentirse segura.
Nos dijeron que la igualdad ya estaba conseguida. Pero basta entrar en algunas aulas para entender que no, que lo que está pasando no es un retroceso abstracto. Es concreto. Tiene voces, palabras. Tiene cuerpos. Y tiene consecuencias.
Si las profesoras empiezan a tener miedo, no es solo un problema de ellas. Es que estamos educando a una generación de chicos que han aprendido que el respeto es opcional y que la autoridad femenina es negociable. Eso, fuera del aula, se convierte en vida.
Víctimas de violencia machista actualizadas a septiembre de 2024
